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lunes, 20 de noviembre de 2017

Queridos colegas

A mis queridas colegas Carmen Fuentes y Pilar Aquino

Casi todas las tardes, cuando empieza a caer la luz y el cielo se tiñe de prisas antes  de oscurecerse, salgo a pasear, bueno a caminar, a ritmo rápido, sin pararme ni a mirar escaparates,   ni a hablar con nadie, ni a comprar nada. Caminando es como se conoce de verdad una ciudad. Se conoce a base de pasos, con los talones, se conoce con la mirada que se detiene en los detalles, en las copas de los árboles, en los jardines y en sus plantas, en los edificios, en los coches y en las bicicletas, en la gente. Se conoce atrapando trocitos de conversaciones,  ruido de coches y de sirenas, músicas, silbidos, el sonido del agua que cae monótona de las fuentes y el canto de los pájaros. Se conoce por el olor de los churros y el chocolate de la merienda, del humo de los coches, de los perfumes y los sudores que se encuentran en el camino. ¡Qué de caras distintas! Qué de voces diferentes! ¡Qué de vidas se cruzan con la mía o caminan a mi lado cada tarde! ¡Qué de sueños! ¡Qué de ilusiones! ¡Qué de problemas!

Dice un buen amigo que cuando arranco a andar siempre miro mis pies; y es verdad, no sé por qué, pero luego alzo la mirada y la dirijo a lo más alto, a los sueños. Cuando llevo un rato caminando, el cuerpo se desentumece y se estira, la mente se llena de oxígeno y se vacía de obligaciones y de servidumbres y cuando pasa un rato,  empiezan a centellear las ideas y configurarse posibles escritos, futuras historias alimentadas por los recuerdos que se despiertan al pasar por un lugar cualquiera de la ciudad,  las intuiciones que se estimulan con los olores de la cerveza o de las patatas fritas o las ficciones que nacen de los fragmentos de conversaciones que se han alojado en el oído profundo con cientos de voces diferentes.

Cuando regresaba hoy de la caminata, ya muy cerca de mi casa me he parado a comprar fruta y pan. En la puerta de la frutería, parados en mitad de la acera, una pareja joven con un niño pequeño sentado en su carro, movía la compra de una bolsa a otra, organizando los productos, distribuyendo el peso. Detrás de mí, junto al semáforo, casi empezando de nuevo a caminar, la voz del padre y las risas de la madre y un fragmento de conversación: Tu madre enfermera en paro,  tu padre periodista trabajando de comercial. Lo que hemos estudiado no nos sirve para trabajar pero sabemos organizar la compra  como nadie, de maravilla.

Entonces he detenido mi caminata, me he vuelto y he sonreído mirando al chico. Ha sido una mirada tan directa y una sonrisa tan descarada que no me ha quedado más remedio que dar una explicación: es que he oído estudiar periodismo y no he podido remediarlo. Yo también lo hice y mira –dije mostrando mis bolsas- también organizo la compra estupendamente.


Ángela Gutiérrez


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Luz

Yo no sé qué hacer, ni qué decir;
y no sé qué hacer contigo.
La luz lastima mis pupilas enamoradas
y este amor se ahoga
porque no puede ver el sol.
Una venda negra ciega este tonto consuelo
y una libertad fingida machaca el corazón.

Y es cierto,
veo la luz en la oscuridad,
pero eso no significa que pueda encenderla.
Tal vez
tenga que pedirte
que seas tú quien lo haga.
Después de todo,
yo estaba sola
y tú me invitaste a una canción de amor
y a un poco de tabaco. 


Ángela Gutiérrez

lunes, 6 de noviembre de 2017

Todas las dulzuras

Bendita voz que seduce anocheceres, 
que compone historias
y derrama dulzura.

Bendita mirada que envuelve la Luna, 
que acurruca en las noches
y trae remansos de dicha.

Benditas manos que desvanecen el dolor, 
que acaban con los miedos
y resucitan con  caricias.

Benditos labios que encienden el amanecer,
que besan en la distancia
y llenan de amor la vida.


Ángela Gutiérrez

jueves, 2 de noviembre de 2017

Campeona de lo pequeño

Guarda cientos de fotos de todos sus hermanos, de sus padres, de sus amigas y amigos de la infancia, de sus giras, de sus ferias, de los grandes e importantes días de su vida, de las faenas en la casa y en la tienda, de los agotadores días de ida y vuelta a la playa. Guarda escritos y cartas y antiguas revistas de feria y recortes de periódicos que construyen nuestra historia en este valle hermoso. Guarda mantelerías de preciado hilo bordado, sábanas con embozos decorados con finos hilos de seda, toallas gradabas a punto de cruz, cojines sacados del bastidor. Guarda cintas de radiocassette con la guitarra de mi hermano acompañando la voz joven de mi hermana y con la voz de mi tío Manolo devorando las canciones de Alberto Cortés. Guarda los primeros tapetes de croché de mi hermana Mercedes y los ensayos casi perfectos de su punto de cruz. Guarda en una carpeta todos mis escritos, desde aquellos primeros días de prácticas en el periódico escribiendo por encargo cartas al director. Guarda cientos de historias que nos ha contado bajito alrededor de la mesa camilla y otros tantos enfados que han terminado con la letanía del Santo Rosario. Guarda dolores intensos en sus huesos cansados, en sus dedos deformados por los años que alivia con mucha resistencia y con mucha queja, a veces. Guarda puñados de canciones  y unas inagotables ganas de bailar. Guarda una atención infinita aunque en ocasiones  en su cabeza, mientras escucha, se instalan una tras otra las palabras no entiendo un pito de lo que decís. Guarda las caricias de mi padre y las servidumbres de una esposa de otra época. Guarda sacos y sacos de besos que regala a sus nietos y abrazos que te reciben como la lluvia de abril.

Y después de …taitantos años, quiero mamá, que sigas guardando risas, amor, silencios y sueños para disfrutarlos contigo.

Feliz cumpleaños.
                               

Ángela Gutiérrez

El Término. Diciembre 2016

lunes, 30 de octubre de 2017

¿Bailamos?

Por unas cosas o por otras, el jardín de aquella hermosa casa estaba casi abandonado. Los días largos del verano castigaban con los rayos del sol los muros blancos y desconchados que lo limitaban. Las buganvillas y los jazmines nutridos por el suave rocío de la aurora campaban a sus anchas reptando por las paredes y arrastrándose por el suelo enladrillado. Los vientos invernales y las lluvias habían arrastrado la chasca caída de los tejados hasta los rincones de la parte más baja  y el polvo cubría las rejas, los bancos de piedra,  los platos y cerámicas colgados bajo la parte cubierta de la terraza. Había pasado un año entero, doce meses completos desde que  él abandonó aquel amplio, mágico  y placentero patio,  a la luz de la luna de los primeros días de septiembre, justo detrás de ella, después de haberla besado y de haberla abrazado largamente. Cerró la puerta con llave, la cogió de la mano y pasearon juntos durante un rato. Eran como dos equilibristas caminando por una cuerda; no sabían qué pasaría a partir de ahora con unas vidas que tal vez no se volverían a cruzar.

Pero cada vez que llego a este punto de la historia, me arrepiento y vuelvo hacia atrás a pesar de que no sé exactamente cuál es el camino que debo recorrer. En ese momento, de lejos escucho la voz profunda y segura de Lee Marvin,  Hay dos clases de gente en el mundo: los que van a alguna parte y los que no van a ninguna... y suena en la distancia la maravillosa sinfonía de la Estrella errante. Curiosamente, el camino de vuelta lo hago sola, y cuando llego a la puerta de la hermosa casa, la encuentro entreabierta; del interior brota la música y como si se tratara de un trampantojo, según entro van floreciendo las buganvillas,  oliendo los jazmines y todo está blanco y reluciente y la luna, incluso cuando es nueva, ilumina la noche. Allí está él, sentado en una de las sillas de la terraza, fumando un cigarro. Sonríe tranquilo, como si estuviera esperándome desde hacía un tiempo. Le devolví la sonrisa, nerviosa, incrédula, sorprendida, desconcertada.

Una detrás de otra sonaban las canciones de su vida, las de los dos; esas melodías que habían escuchado en soledad, cuando se echaban de menos, que habían construido casi imperceptiblemente una  historia, su historia, que era breve,   pero estaba jalonada de bandas sonoras,  repleta de lecturas y de cuentos, de historias, de artículos de periódicos antiguos y recientes, de conversaciones.

Caminé hacía él; se levantó.

¿Bailamos? – dijo, apagando temblorosamente el cigarrillo.

 Y los dejé allí. En ese patio, que por unas cosas o por otras, hoy lucía espléndido y hermoso, olía a la tierra húmeda del otoño y a madera.  Los dejé abrazados a los versos de sus poemas y de sus canciones, porque mirándolos a los ojos, no había duda de que un día se abrazarían, allí, justo en el centro mismo de sus vidas, donde uno declara su amor incondicional a los besos que llegan sin avisar,  a las risas que hacen temblar  de cuerpo entero y a los abrazos hechos a medida.


Ángela Gutiérrez


Baile en Bougival. J. Renoir

miércoles, 25 de octubre de 2017

Soledad

Entonces, mordieron su soledad;
la atraparon con sus dientes,
la ataron con sus lenguas,
la desgastaron con sus labios
y la diluyeron  con sus besos.

Después de vencida, la miraron;
con esa mirada
que refleja el alma,
que siempre dice lo que encuentra
en el fondo del corazón.

Abrázame –dijo- que tengo miedo
de que vuelva
y sea ella quien nos devore.



Ángela Gutiérrez