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lunes, 17 de julio de 2017

Miedo

No me mires.
No me toques.
No me beses.
No me ames.

Mira que YA me mezo en tu corazón
y ando rozando tus labios
muerta de miedo.


Ángela Gutiérrez


miércoles, 12 de julio de 2017

Donde tiene que estar

Calor. Un calor sofocante y traicionero, que ha llegado muy pronto, mucho antes de lo que se esperaba y de repente. En tan solo unas semanas las temperaturas han subido más de diez grados centígrados y los termómetros se derriten pasando de los cuarenta.  Ha desaparecido la primavera de un plumazo, el viento africano se la llevado a tierras norteñas. Nos refugiamos bajo el fresco artificial de los aires acondicionados, encogemos los ojos ante la cegadora luz del sol, desnudamos nuestros pies y nuestros hombros y nos protegemos para cuidar nuestras cabezas. El cuerpo aplomado se adapta a la inactividad de la mente, pesada y densa como las nubes de arenas desérticas. Parece un espejismo dorado que ablanda nuestros sesos y nos vuelve lentos, pasivos, cansados y perezosos. Como decía Antonio Machado, el sol es un globo de fuego y uno desea que suene en el jardín el agua en la fuente de mármol.

En el anecdotario taurino se cuenta que en una ocasión, a José Gómez Ortega, El Gallo, después de torear en la plaza de La Coruña un grupo de  aficionados lo   invitaron a una fiesta que tendría lugar después de la corrida. El torero rechazó la invitación aduciendo que debía coger el tren que le llevaría a Sevilla. Entonces, uno de los admiradores, en su último intento por convencerlo, dijo:

-       ¿A Sevilla va a ir usted ahora? ¡Con lo lejos que está eso!

 El maestro, sin vacilar un segundo, respondió:

-       Sevilla está donde tiene que estar, lo que está lejos es esto.

Y no hay duda, Sevilla está donde tiene que estar pero no vendría mal que en estos meses de implacable calor, de sol tórrido que ciega y quema, pudiéramos darle un empujoncito y ponerla durante unos meses al lado de La Coruña.



Ángela Gutiérrez


miércoles, 5 de julio de 2017

Marca España

El primer diccionario de Lengua Española que tuve fue un regalo que recibí el día de mi primera comunión. Era una edición de Anaya, con las pastas duras y verdosas que tenía dibujado en su portada un mapamundi en el que se marcaban los países hispanohablantes.  Como cualquier libro que caía en mis manos, llegado el momento lo puse sobre la mesilla de noche con la intención de leerlo. No lo hice, pero lo inicié. Eso me permitió enterarme muy pronto de qué es una entrada y una acepción, qué significado tienen esas letras que aparecen  solas justo después de la palabra que buscamos,  qué indican los numeritos que aparecen entre las líneas que explican una entrada o por qué unas palabras aparecen arriba, en el extremo izquierdo de la página izquierda y otras debajo, en el extremo derecho de la página derecha. Desde ese instante, en cualquier mesa donde me he sentado y me siento a trabajar siempre ha habido un diccionario, ahora,  la mayoría de las veces acudo a él en formato digital y sigo siempre teniendo la impresión de que no tiene fin.

Las nuevas herramientas tecnológicas arrojan en estos tiempos, con mucha facilidad, datos y recuentos sobre casi todo; podemos saber con tan solo unos click o unas cuantas palabras escritas en un buscador el número de veces que se repite en un artículo una determinada palabra, o comprobar cuál es la evolución en el uso de una cadena de palabras concreta lo que permite después elaborar teorías sobre las tendencias culturales a través del tiempo. Podemos obtener información sobre el auge de algunos personajes, investigar las modas lingüísticas o comprobar los vocablos sobre los que recae la censura.  Por ejemplo, hace poco leí que entre los años 1890 y 1910 la palabra inglesa google sufrió un pico al alza en su uso y que en los textos escritos en ruso del siglo XX no aparecía la palabra Trostky.  No sé si es cierto, no me paré a comprobarlo, pero ahí está la posibilidad de hacerlo.

En la versión inglesa de Orgullo y prejuicio, Jane Austen usa seis mil palabras diferentes y Cervantes, en la versión castellana de El Quijote  se calcula que más de veintidós mil. Cualquier lector medio, ya sea de habla inglesa o castellana, puede leer  a ambos autores casi sin dificultad.   Se estima que el vocabulario pasivo de una persona con una formación media, es decir, el número de palabras que somos capaces de comprender aunque no las usemos nunca, es de quince mil a treinta mil palabras. Sin embargo, el vocabulario real o activo de un hablante medio, el que usamos al hablar o al escribir, se sitúa entre las mil y cinco mil palabras de promedio. Teniendo en cuenta que la Lengua Española cuenta con más de doscientos mil vocablos (el Diccionario de la Real Academia recoge más de noventa y tres mil) el uso que hacemos de este, nuestro patrimonio más importante, el que nos permite expresar lo que pensamos, lo que sentimos, lo que soñamos, lo que queremos, lo que esperamos, lo que deseamos, lo que tememos, lo que sufrimos, lo que… lo que nos dé la real gana, es cuanto menos,  ridículo y tremendamente torpe.

Si nos acercáramos a nuestra lengua como nos acercamos a cualquier otra obra de arte, mirándola al detalle, fijándonos en los colores y en la luz, trazando las líneas de composición y los escorzos, fotografiándola desde distintas perspectivas,  valorando su contexto, acercándonos y alejándonos para encontrar el punto de nitidez… Entonces, descubriríamos tesoros y curiosidades como la palabra abenuz, la única de nuestra lengua que tiene todas sus letras en orden alfabético o pedigüeñería que es la única que contiene los cuatro firuletes del castellano, o euforia que es la palabra más corta que reúne las cinco vocales, o ecuatorianos y aeronáuticos, anagramas entre sí, o maravedí que tiene tres plurales diferentes (maravedises, maravedís y maravedíes) o menstrual que es la palabra bisílaba con más letras, u oía compuesta por tres letras y tres sílabas, o la palabra palindrómica reconocer, o arte que es masculino en singular y femenino en plural, o aristocrático en la que cada letra aparece dos veces o…

Esto tal vez no sirva para nada y tal vez no le sirva a nadie y  no sea más que un entretenimiento para los cuatro locos  curiosos  enamorados de las palabras como yo, pero  a mí me divierte, es una buena herramienta de juego en las aulas y un recurso con el que cuenta  la Marca España. Al fin y al cabo el abecegrama que Miguel de Cervantes compone para describir al enamorado en El Quijote no deja de ser una pirueta lingüística, un tesoro más de nuestra lengua tan brillante y merecedor de nuestra atención como un  gol de la selección española.

Pues si esto es ansí, no te asalten la imaginación esos escrúpulos y melindrosos pensamientos, sino asegúrate que Lotario te estima como tú le estimas a él, y vive con contento y satisfacción de que ya que caiste en el lazo amoroso, es el que te aprieta de valor y de estima: y que no sólo tiene las cuatro "SS" que dicen que han de tener los buenos enamorados, sino todo un A B C entero: sino, escúchame, y verás como te lo digo de coro. ÉL es, según yo veo y a mí me parece, "agradecido, bueno, caballero, dadivoso, enamorado, firme, gallardo, honrado, ilustre, leal, mozo, noble, obsequioso, principal, quantioso, rico", y las "SS" que dicen, y luego "tácito, verdadero": la X no el cuadra, porque es letra áspera; la Y ya está dicha; la Z "celador" de tu honra.
Rióse Camila del A B C de su doncella, y túvola por más práctica en las cosas del amor que ella decía. (M. de Cervantes. Don Quijote de la Mancha)



Ángela Gutiérrez


jueves, 29 de junio de 2017

Nueva planta

Un alumno que te dirige (nos dirige, porque esto es para todos los que nos encontramos a pie de aula) estas palabras justo en los días en los que crees que has tocado techo es lo que te empuja a construir otro piso. Gracias. 

Hasta pronto...



Después de tanto tiempo escuchándote, hoy serás tú quien me dedique cinco cortos minutos, siempre que quieras y que esto esté dirigido a ti.

Esto es para todo profesor/a que haya tenido la desgracia de darme clase durante mis primeros años, o la suerte de hacerlo durante los últimos, y por si acaso, es también para todo aquel que se haya cruzado alguna vez conmigo en el pasillo o, si no lo ha hecho, me haya visto desde lejos, o haya leído algo sobre mí en algún documento, haya oído hablar de mí, o al menos, le suene mi nombre. Es para todos.


Solo me dirijo a todos vosotros para decir gracias. He madurado a lo largo de estos seis años y cada uno de los que formáis o habéis formado el equipo educativo habéis sido testigos, en mayor o menor medida de este proceso. Seis largos años en los que el temible profesor se convertía, poco a poco, en la persona cercana que sois hoy. Seis cortos años en los que uno descubre grupos como el vuestro, que hacen grande esta profesión e inspiran a las nuevas generaciones a optar por la enseñanza. Firmaría hoy mismo un puesto de trabajo en un lugar como el que, por desgracia, abandono.


Ha sido un placer compartir estos 6 años claves de mi vida, 5 días a la semana, para leer 4 libros de  lectura, estudiar 3 lenguas, disfrutar 2 cortos recreos cada día y hacer más de 1 viaje.


Para mí ha sido un éxito nuestro proceso educativo, y este recae en todos y cada uno de vosotros:

Desde nuestros conserjes, hasta las que siempre están disponibles en secretaria, pasando por una larga lista de excelentes profesores de todas las materias y modalidades. Contando con el hombre de mantenimiento, que nunca se ve pero siempre está, y hasta esa limpiadora a la que solo algunos le subían las sillas. Profesores críticos a la par que imparciales en historia y gente que sabe explicar economía para personas corrientes, de la calle. Profesionales que aman la música, pintura, arquitectura o escultura y saben como transmitirlo. Otros que prefieren la lengua; española, inglesa o francesa, para qué elegir si se pueden saber todas. Hay filósofos que siempre te hacen pensar y matemáticos a los que siempre, pero siempre, les salen las cuentas. Otros te enseñan malabares y cómo bailar, aunque cuando llegue la feria no te acuerdes de las sevillanas.


Gente valiente que te lleva y te trae, a Santiago, Córdoba, Madrid, Toledo, Londres, Perugia o Roma si hace falta. Compañeros de viaje, que patean una ciudad que ya conocen, o un camino que ya han hecho, solo para enseñarte lo que ya han visto una y mil veces, con más ilusión que nunca, para decirte también, desde su experiencia, dónde está esa tienda que no encuentras.



Solo espero ser de esos que se quedan en el recuerdo por algo más que unas buenas notas, que a fin de cuenta no son lo más importante de este proyecto. Gracias por enseñarme, formarme, conocerme, aceptarme y comprenderme tal y como soy durante estos seis grandes años, en los que habéis sido muy buenos profesionales pero grandes personas. Para los que están y los que no. Para los que se quedan y los que se van.


No es un adiós, tan solo un hasta pronto!




Cristian

martes, 27 de junio de 2017

Locus amoenus

Los que seguís este blog sabéis que en no pocas ocasiones  la Literatura ha venido a salvarme  (nos ha salvado a algunos) de la realidad. Una vez más lo ha hecho, a través de la memoria, el recuerdo, las palabras, la pasión y el amor que muchos de nuestros grandes literatos han dedicado a este paraíso que hoy arde,  golpeando, mordiendo  así, no solo en  un parque natural, en un entorno hermoso e irrepetible, en  un pulmón necesario,  sino también,  en  un Edén literario como la Argónida de Caballero Bonald, el Moguer de Juan Ramón Jiménez o la puerta del mar de Manuel Machado.

Sobre el incendio en Doñana se dirá, se ha dicho, todo; lo oportuno y lo inoportuno, lo importante y lo accesorio, lo interesado y lo  altruista, lo pacificador y lo explosivo,   lo creíble y lo increíble, pero a mí,  es como si me hubieran robado las palabras y lo único que me sale, viendo las imágenes, escuchando las informaciones, leyendo las crónicas, es una profunda tristeza y un gran desasosiego. He mirado fotos de hace años por los parajes de Platero, entre los pinos de Fuentepiña, y de la finca Nazaret y me acordaba estos días de las referencias y descripciones que Juan Ramón Jiménez hizo de Doñana y del entorno, convirtiendo Moguer en la tierra de la paz, en la tierra del vivir.  ¡El viento solitario, por la marisma oscura, moviendo -terremoto irreal- la difusa  Huelva lejana y rosal! exclamaba en su poema Auroras de Moguer, publicado en su obra Poesía, en 1923, y en el que describe, como en una pintura japonesa, el paisaje recordado con entusiasmo y ternura.

Doñana es indestructible. A pesar de tantos síntomas de menoscabo, la ‘tierra madre’ acaba siempre castigando al que la ultraja, decía José M. Caballero Bonald y hoy estas palabras las publicaban algunos periódicos.


A lo largo de los siglos, la fusión entre el paisaje y la literatura ha sido una manera de convertir, mediante el lenguaje, una realidad en otra y a menudo, los paisajes físicos han retratado la intimidad, los espacios privados y los asuntos más profundos de las emociones y de los deseos. Como el ciprés de Silos, el viejo olmo del paisaje soriano, las orillas del Tajo, la Sierra de Mágina y la Cueva de Montesinos, las marismas del Guadalquivir y el tesoro de Doñana han sido un camino para escapar de la realidad, una puerta hacia el deleite y un altavoz de nuestro propio eco. El paisaje literario que se va construyendo a través de la imaginación es también una forma de memoria, un mapa, casi una biografía de nuestros espacios íntimos y un símbolo de identificación colectiva. Tal vez, también por eso, Doñana duele tanto, porque es casi imposible pensar en tal maravilla, en tal fuente de vida sin recordar esta otra (y al revés):  Dulce Platero trotón, burrillo mío, que llevaste mi alma tantas veces -¡solo mi alma!- por aquellos hondos caminos de nopales, de malvas y madreselvas; a ti este libro que habla de ti ahora que puedes entenderlo. 
 Va tu alma, que yace en el Paraíso, por el alma de nuestros paisajes moguereños que también habrá subido al cielo con la tuya; lleva montada en su lomo de papel mi alma, que, caminando entre zarzas en flor a su ascensión, se hace más buena, más pacífica, más pura cada día. 
Sí. Yo sé que, a la caída de la tarde, cuando entre las oropéndolas y los azahares, llego, lento y pensativo, por el naranjal solitario, al pino que arrulla tu muerte, tú, Platero, feliz en tu prado de rosas enternas, me verás detenerme ante los lirios amarillos que ha brotado tu descompuesto corazón.  


Ángela Gutiérrez


viernes, 23 de junio de 2017

La Sin Par

Imagina que eres muy mayor, un anciano o una anciana, lo mismo da, (no estoy por la labor de traer a mis escritos ese lenguaje encorsetado, farragoso e insulso mal llamado coeducativo, aunque yo seré anciana porque me resulta más fácil de imaginar). Pues… lo que decía, imagina que eres una anciana que pasa buena parte de su tiempo sentada, tumbada, moviéndose lentamente. Imagina que estás meciéndote suavemente en una cómoda mecedora, con las manos manchadas por la vida y arrugadas por las emociones, los ojos pequeños y rebosantes de  historias y los labios embebidos de besar. Imagina las orejas un tanto descolgadas y grandes, entrenadas como un radar para  captar solo lo importante y hacerse las sordas ante la necedad. Imagina el pelo blanco, la voz débil y temblorosa,  gastada por los años pero firme, resistente al paso del tiempo. Imagínate, en fin, muy vieja de verdad.

Imagina ahora que recibes un escrito o una grabación de audio o de video (también en cierta forma me da igual, dependerá de la época en la que te sitúes así, muy viejo, aunque yo prefiero imaginar un escrito, una carta o algo parecido) en la que aparece un nombre, un nombre completamente desconocido para ti. Puede, es posible que imagines que lo has oído en algún lugar, que tal vez sea algún vecino de la zona o del pueblo cercano, que haciendo un gran esfuerzo de memoria podrías recordar una cara, pero que lo más probable es que no, que ese nombre no signifique nada para ti. Imagina que da igual, el nombre, en cualquier caso no tiene rostro, ni personalidad, ni carácter, ni olor, ni sabor,  ni es nadie para ti.

Imagina que abres el escrito (con impaciencia, con desconfianza, con curiosidad, con resignación, con indiferencia, eso también me da igual, dependerá quizá, del número de veces que a lo largo de tu vida hayas abierto una carta y de si estas han sido o no siempre las del banco) y encuentras varios folios manuscritos, con letra legible, clara y los renglones rectos. Imagínate girando el sobre de un lado a otro, buscando una pista, averiguando desde dónde la envían, pensando de nuevo en el remitente. Imagina que observas cuidadosamente cada folio, por las dos caras, que te fijas en alguna palabra suelta, que intentas localizar una fecha, que observas detenidamente la firma. Imagina que intentas recordar pero es inútil, no porque tu memoria de vieja no te lo permita sino porque en tu memoria no hay nada para recordar relacionado con ese nombre.

Imagina entonces que empiezas a leer, que quien te escribe (da igual también si es él o ella, eso te lo dejo a tu entera elección aunque yo me siento más cómoda eligiendo un él)  te saluda muy amablemente, alabándote, mostrándose con un tono cariñoso, respetuoso, amoroso, incluso. Que es un saludo exclusivo para ti, que a nadie más diría esas palabras. Imagina que conforme avanzas en la lectura te habla de tu hermosura, de tu belleza y se pone a tu entera disposición, y te llama amada mía y te dice cosas como tuyo soy, o tuyo hasta la muerte. Imagina que  te confiesa que has sido todo en su vida, que has infundido valor a su brazo y que es tu valor el que ha ganado las grandes batallas de su vida. Imagina que te cuenta que has sido la soberana de sus pensamientos, y declara que ha estado enamorado de oídas de ti.

Imagina los latidos de tu corazón al escuchar que no le importa cuál sea tu linaje, que eres para él la más alta princesa en el mundo y que cuando se queda a solas, a solas de verdad, ve en ti que eres quien eres, aquella persona que no se puede comparar con ninguna otra. Y cuando ya estás embebida y  completamente extasiada,  lees que  es por ti, que tiene la vida por ti, que vive en ti, que respira por ti, que muere por ti.

Ahora imagina que llegas al final, que emocionada, completamente sorprendida, trastornada, recostada en la mecedora, como abrazada por el  tiempo y por la historia,  vuelves a leer el nombre de quien te ha escrito, ese mismo nombre desconocido que leíste al ojear los folios, ese mismo nombre que nada significaba para ti, El caballero de la Triste Figura, y con tus rudas y temblorosas manos, secas las lágrimas que caen por tus mejillas tras descubrir que, durante toda una vida, sin saberlo, has sido para alguien La Sin Par.


Ángela Gutiérrez

El Toboso