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jueves, 21 de septiembre de 2017

Musas que sonríen

Como todos los días, el despertador rompe la calma del sueño. María lo apaga de un golpe seco, enciende la luz, resopla, se da media vuelta y siente la tentación de seguir durmiendo. Extiende los brazos de una punta a otra de la cama y estira las piernas rozando con los dedos el borde inferior del colchón. De repente la prisa se adueña de su cuerpo y se levanta corriendo,  apresurada; se ducha, se viste deprisa, desayuna mientras hojea el periódico y sale disparada para su trabajo.

Pasa la mañana como todas,  a ritmo rápido, casi sin descanso;  de una reunión a otra, entre los  papeles, las lecturas, los  trámites, charlando del trabajo y de las rutinas con algún compañero,   delante de algún café cortado y de nuevo a los papeles, a las lecturas, a los horarios y a las reuniones.

Ha llegado a casa y todo está igual. Como siempre, cada cosa en su sitio. Ha olvidado comprar sal y el pan,  pero bueno, ya se le ocurrirá cómo sustituirlos;  entra en casa directa a la cocina. Están a punto de llegar y aún hay que cocer la pasta y poner una lavadora para tenderla antes de la noche. Ha sido un día duro, pero aún queda tiempo para conversar con los hijos, ayudar en las tareas y no sé cuántas cosas  más.

Y acaba el día cansada, en el silencio de su casa, tranquila, a veces leyendo, a veces viendo una película; y parece que todo continuará como todos los días. Pero desde hace poco tiempo se ha roto la rutina y cada noche es única. Y aunque no hay teléfono, ni chisme que sustituya una sonrisa, cada una de las noches disfruta  de la música, los cuentos,  las charlas, los poemas,  los abrazos y los besos que él le envía.  Y cuando vuelve a levantarse corriendo,  como todos los días, todo parece más dulce porque esa música, esos cuentos, esos poemas, esas charlas, esos abrazos y esos besos son como las musas que sonríen e  inspiran todo su día.


Ángela Gutiérrez

Mosaico de las musas. Museo Arqueológico Nacional de Lisboa

martes, 19 de septiembre de 2017

A la intemperie

María estaba tranquilamente sentada en su mecedora, hojeando el catálogo de una exposición de arte, fumando el último cigarrillo de la tarde y esperando que él  se acomodara allí, a su lado. Les gustaba pasar tiempo juntos: leer, charlar, escuchar canciones y contarse mil historias y anécdotas. En aquel momento,  tocaron a la puerta y a los dos les resultó molesto, una manera de incordiar, de romper el mejor momento del día, así que  María no abrió, subió lentamente la persiana de la ventana, como si fuera la apertura de un escaparate y se asomó para ver quién llamaba. De repente, se encontró  rodeada de ojos. Cientos de ojos enormes que la miraban, no la contemplaban, no,  ni la veían, solo la miraban ansiosos, como si la desnudaran, centrándose en sus manos y en su cuerpo, en sus distancias. La miran a ella y te miran a ti como queriendo ver el plural del nosotros pero sin encontrarlo. Ojos que miran y cuentan lo que creen, no lo que ven. 

Estaba rodeada de ojos y de bocas; bocas gigantescas y caníbales que no paraban de moverse, de murmurar, que desde el interior parecían escupir sonidos, que inventaban  palabras burdas, atropelladas, vacías, que dejaban el cristal lleno de un vaho maloliente,  que proyectaban grandes sombras, que desencadenaban tormentas y huracanes  e intentaban acabar con la luz y con la calma.

Estaba rodeada de ojos, de bocas y de rumores, bolas gigantes que iban de un lugar a otro haciendo círculos, regresando como un boomerang, trayendo dedos índices monstruosos, acusadores, que los señalaban justo en centro de sus rostros, ahí entre sus ojos, su boca y su nariz, apuntándolos como si fueran el anillo interno de una diana, golpeando como los granizos en los cristales.

No perdió la calma. Intentó bajar la persiana pero no fue posible; los ojos, las bocas, los rumores y los dedos índices pegaban sus frentes en el cristal y María no pudo cerrar el escaparate en el que se había convertido su ventana. Ni siquiera con tu ayuda, la del hombre convincente, amable y tranquilo que eres.  Se levantó, dejó el libro sobre el asiento de la mecedora y salieron; se alejaron de la plaza, buscaron un rincón donde ponerse a salvo de los ojos que miran y no cuentan lo que ven sino lo que creen, de las bocas que escupen y de los dedos acusadores y se acariciaron sus manos amigas. Cuando sea el momento regresarán a la plaza y todas esas bocas, esos dedos y esos ojos clavados en ellos como espadas, resultarán ser bocas parlanchinas que balbucean sin sentido,  dedos desorientados y torpes y ojos de ciegos que no han visto, ni ven, ni verán y que  además,  nunca se enteran de  nada.


Ángela Gutiérrez


domingo, 17 de septiembre de 2017

Mi paisaje

Esta mañana cuando me he despertado, he clavado la vista en el paisaje a través del balcón, notando cómo se encendía el día suavemente, poco a poco. La noche ha sido fresca y las cristaleras estaban abiertas de par en par. Desde la cama contemplaba las casas de enfrente,  las antenas de los altos edificios de pisos y los cables que tejen la maraña de lianas que atrapa a la ciudad, trenzando un cielo azul y algo brumoso en las primeras horas del día. Pero desde esta ventana y desde esta cama no se ve el horizonte, está oculto por los edificios, así que dejé caer mis párpados despacio y llegó hasta mis oídos el sonido de un portazo.

En los escasos segundos que ha durado el bostezo de mi mirada, el viento cerró la ventana de golpe, arrastró las casas de enfrente, derribó los altos edificios y tumbó las antenas; los cables fueron vapuleados y ahora reptan por los suelos y el cielo trenzado, brumoso  y azul olía aún a verano. Entonces he planeado como las gaviotas  y he sentido la brisa dulce desde la atalaya y he contemplado los verdes intensos de nuestro valle, el espejo de las aguas calmas de nuestros pantanos, las luces anaranjadas y parpadeantes iluminando las noches de nuestro pueblo,  los marrones secos y estériles de los últimos días de agosto, el silencio sonoro de esa terraza que es el paraíso y la bruma fresca y  suave que anuncia un otoño cercano.

Así, desde mi cama ha empezado el día con un horizonte terso, con el recuerdo de las pieles erizadas, el silencio y la distancia.


Eso que dicen que el poeta se funde con el paisaje… Eso…

Ángela Gutiérrez


sábado, 16 de septiembre de 2017

Tal vez...

Sí, tal vez tengas razón.
Tal vez soy un desastre
de noches en vela y desnutrido sueño
que alboroto tus pelos
y rompo tu calma con mis besos;  
que pierdo mis deseos por tu cama
y robo las caricias de tus dedos.
Bésame.
Dibuja garabatos por mi cuerpo.
Llena el tiempo de palabras y
tus manos de secretos.
Sí, tal vez, tal vez soy un desastre,
pero no huyas, no escapes, no te vayas;
todavía rebaño tu último beso.
Quédate en el otoño
porque puede ser, tal vez,
que te guste
dormir abrazando mis versos.


Ángela Gutiérrez

jueves, 14 de septiembre de 2017

Hecha de abrazos

Soy de letras, letras puras. Esa es la definición que de mí misma hace el sistema educativo en el que me formé. Desde muy pronto, mi formación se nutrió de la Historia, la Literatura, el Latín, el Griego, la Filosofía, la Lengua, el Arte… El lenguaje matemático creo que no lo aprendí nunca y el método científico fue un descubrimiento posterior.  Aún así, el mejor de los resultados que ese sistema al que pertenezco obtuvo de esta alumna de letras es  mi curiosidad y mi pasión por la lectura, mi inagotable pasión por la lectura porque con ese único y simple resultado consiguió que me convirtiera en una mujer capaz de acceder a casi cualquier conocimiento y a cualquier emoción. Leer. Leer para muchas cosas (como tan bien escribe Elvira Lindo en su artículo Leer a su lado) pero ahora, en este momento,  leer para aprender. En mis años de universidad me encontré con uno de esos profesores a los que tenía que haber grabado porque casi todo lo que le escuché ha sido de gran utilidad en mi vida; era profesor de Redacción Periodística y una de las cosas que repetía frecuentemente era que para escribir, por ejemplo, cien líneas había que leer mil. Y así es.

Yo que, como ya he dicho soy de letras, de letras puras, he tenido que leer cien líneas para escribir apenas diez sobre los elementos de los que se forma el cuerpo humano: el carbono que está por todas partes, el oxígeno, el nitrógeno, el hidrógeno… presentes en los tejidos, los líquidos, los huesos…, el calcio de nuevo en los huesos y formando los riñones, el corazón, los pulmones… el magnesio del cerebro, el flúor de los dientes, el hierro y el potasio de las enzimas, el fósforo de la orina… Podríamos incluso detenernos no solo en ese nivel atómico sino en un estudio por niveles más completo: el celular, el agua y los fluidos en el molecular, los tejidos musculares y los órganos  en  el anatómico… En fin, todos, uno por uno iríamos recitando los elementos de la tabla periódica y las diferentes partes, órganos y sistemas y compondríamos el cuerpo, esa estructura física y material que forma parte del ser humano.

Y así, con ese cuerpo,  nos lanza al mundo  como un rayo  otro cuerpo, casi volando, cabeza abajo e indefensos y aunque nuestra estructura se vaya transformando de manera externa y visible y vayamos creciendo y envejeciendo,  desde el primer instante estamos hilvanados al mundo, cosidos al mundo por momentos con hilo hecho de tiempo,  de memoria y de tus abrazos.


Ángela Gutiérrez 


miércoles, 13 de septiembre de 2017

Subrayada

Hace unos días un amigo me agradeció haberle devuelto a la lectura. Me emocionó. Me acordé de estas palabras del filósofo y ensayista judío George Steiner, En todos los lugares y situaciones hay cosas que aprender. Ningún lugar es aburrido si me dan una mesa, buen café y unos libros. Eso es una patria. En la misma entrevista en la que Steiner pronunciaba esas palabras, contó que él no podía leer sin un lápiz en la mano, y bromeando, cuando le preguntaron qué era un judío, Steiner, contestó: Un judío es un hombre que, cuando lee un libro, lo hace con un lápiz en la mano porque está seguro de que puede escribir otro mejor.

Una vez leí, no recuerdo dónde ni a quién, que había dos formas de leer: con lápiz y sin lápiz. Si leemos sin lápiz, ya todo está resuelto, hemos llegado al final. Si por el contrario leemos con lápiz, podemos diferenciar  otras dos nuevas maneras de leer; podemos usar el lápiz como el que sostiene un cigarrillo o para tamborilear al aire o podemos  usar el lápiz para subrayar. En el primer caso, hemos llegado también al final. En el segundo, si usamos el lápiz para subrayar, seguimos ampliando las opciones porque puede haber también dos maneras de subrayar. Podemos hacerlo señalando lo evidente, a modo de resumen, quedándonos con el hilo exterior del texto, pero también podemos subrayar buscando el hilo oculto, el interno, el invisible, aquel que nos desvelará las ideas, los pensamientos y las emociones que se ocultan en la obra y que además nos iluminará una especie de nuevo libro que vive dentro de él.

Pero esas dos maneras de leer revelan la existencia de dos tipos de lectores. Ese lector al que le da casi miedo abrir el libro más de cien grados por si acaso se desperdigan las páginas y se resienten las costuras, que pasa las páginas sin dejar marca alguna y que cuando acaba con el libro, lo deja en la estantería impoluto, inmaculado,  como nuevo. Otro lector llegará, tomará el mismo libro y parecerá que lo lee por primera vez. O los lectores como Steiner. A mí me gusta leer como a Steiner;  me gustan las segundas opciones: leer con lápiz, usar el lápiz para subrayar y subrayar lo invisible, lo oculto. Soy uno de esos lectores que entra en las obras como un elefante en una cacharrería, dejando marcas por todos los sitios,  de manera que cuando mis libros pasan a las manos de otro lector se encuentra ya con una versión intervenida por mis garabatos y mis anotaciones.

Anda rondando por mi cabeza la idea de un viaje y,  cuando eso ocurre, lo primero que hago es recopilar unas cuantas lecturas por las que empezar a prepararlo, así que tomé de entre mis libros uno por el que empezar y que leí hace ya muchos años. Al abrirlo me invadió ese  delicioso olor del papel amarillento y seco y aparecieron ante mis ojos algunas líneas subrayadas, algunas anotaciones en los márgenes, un par de recortes de periódico y una fotografía de mis días de trabajo en ABC.

Por curiosidad tomé de la librería otro libro de los que no abría hacía mucho tiempo; de nuevo los subrayados, los asteriscos en los márgenes y las anotaciones. Y eso mismo sucedería con cada uno de los libros que descansan en mis estanterías. En realidad, yo creo que no marco el libro sino que es el libro quien me marca a mí, que soy yo quien se subraya;  los libros me  detienen, me  reflexionan, reconocen mi ignorancia o mi curiosidad, se alegran por mis descubrimientos y me dejan rastro. Ir leyendo poco a poco y  uno a uno los subrayados y las anotaciones de los márgenes de todos los libros de mi biblioteca quizá sea la mejor fuente para construir mi propia biografía.


Ángela Gutiérrez 


viernes, 8 de septiembre de 2017

Mira la Luna

Ocho de la mañana a nueve de la noche, con apenas una hora para tomar algo de comer. Un buen montón de horas de un viernes de septiembre de trabajo intenso, muy intenso. Papeles, horas, grupos, asignaturas, montajes, matrículas, guardias, tutorías… todo en el aire, todo por decidir, todo por determinar, todo por organizar. Cuatro paredes, una gran mesa de trabajo, muchos, muchos papeles y la aventura de montar un nuevo curso.  

Al terminar, sentada en la azotea, con el periódico a los pies y una copa de vino tinto entre las manos,  contemplo la silueta de una ciudad que parece despertar al atardecer, cuando va liberándose del calor sofocante y del bochorno de estos días de septiembre. El sol  lejano, pequeño y abrasador del mediodía se torna al caer la tarde enorme, cercano e inofensivo y nos regala una paleta de dorados, naranjas y malvas cálidos y hermosos. La sombra va derramándose suavemente sobre los edificios de la ciudad que bajo los efectos de la luz tornasolada del atardecer adquieren una nueva profundidad y ese mundo cambiante parece volverse más lento, más indulgente.

Aún rumío los titulares que acabo de leer en el periódico que compré esta mañana y que no he tenido tiempo de abrir hasta ahora;  titulares que retratan un mundo complicado, que se atraganta, que casi no se puede digerir.

Es difícil con este cansancio que pesa en mis espaldas y en semejante ambiente de desastre humano, reparar en algo tan bello como un atardecer.

Sin embargo, para mí es la prueba de que en este mundo nuestro, pese a sus conocidas miserias, lo más hermoso y sublime tienen cabida y la naturaleza lo corrobora cada día, diaria y públicamente.

A pesar del cansancio o gracias a él,  hace noche de mirar la Luna contigo.



Ángela Gutiérrez